Hay flores que forman parte del paisaje y otras que han trascendido hasta ocupar un lugar destacado en la historia del arte. El girasol es una de ellas. Su luz, su geometría, sus infinitos matices de amarillo y su vínculo con el sol han fascinado a pintores de todos los tiempos. Van Gogh hizo de ellos uno de los grandes iconos de la pintura, convirtiéndolos en símbolo de belleza, vitalidad e inspiración.

Sol de clorofila surge de un inesperado encuentro con esta musa que, hasta entonces, nunca había despertado especialmente mi admiración. Fue mientras preparaba un taller de fotografía sobre el paisaje como abstracción cuando aquella flor me fue ganando poco a poco, hasta convertirse en una verdadera obsesión. Su particular estructura de formas y colores me llevó a imaginar, reinterpretar y “pintar” un nuevo viaje por las distintas miradas que algunos pintores han desarrollado en torno a esta flor, trasladándolas al lenguaje fotográfico y explorando así sus posibilidades pictóricas.

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