Siempre me llamó la atención la fotografía sobre incendios forestales, y mis primeras aproximaciones en esta temática estuvieron marcadas por una mirada claramente documental. El estado en el que se encontraban estos paisajes me empujaba constantemente hacia un lenguaje de denuncia ecológica. Sin embargo, no me reconocía en aquellas imágenes y seguía sin encontrar una voz más íntima entre tanta ceniza y desolación.

Con el tiempo, al recorrer distintos escenarios marcados por el fuego, entendí que mi búsqueda no estaba en el registro directo del daño, sino en una relación más personal con lo que permanece. Paradójicamente, fue en la lúgubre fealdad de los bosques quemados donde comencé a encontrarme como autor, cuando aprendí a reconocer la belleza en el desastre.
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